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14-05-2008
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Actualidad del 68
Joseba Macías
Fue un año irrepetible. Un tiempo en el que millones de hombres y mujeres se autoconvencieron de que podía ser transformado el curso de sus existencias y las reglas de funcionamiento social y político. Meses de hedonismo en estado puro, sí, pero también de entrega, solidaridad, complicidades entre el asfalto, imaginación desbordada… Un compromiso colectivo que se extendería por las calles y avenidas de los cinco continentes mientras la conquista de la utopía se convertía en consigna universal. Es cierto que los procesos sociales tienen siempre un contexto, un ciclo de desarrollo que culmina en momentos específicos y no siempre previsibles de maduración…. Aquí también los antecedentes habían sembrado el camino: primero fue la desesperación y el nihilismo de los años de la posguerra, después el desarrollismo salvaje, el baby-boom o la articulación de un nuevo consumismo socializado… Todo ello complementado con un Sur que despierta de su letargo y enseña los dientes a la metrópoli mientras en el seno de las sociedades industriales avanzadas se suceden los rechazos a las discriminaciones raciales, al maniqueísmo oficializado, a la guerra de Vietnam y sus efectos o a la criminalización de la respuesta… 1968 será la estación de llegada para un universo en ebullición.

La era de la protesta extiende sus fronteras por los tres mundos convencionales: el Occidente del progreso, los objetos deificados, la política como espectáculo y la democracia representativa; el Este del socialismo real, burocrático y esclerotizado, siempre rindiendo pleitesía al gran hermano y sus tempos geoestratégicos; el Tercer Mundo supeditado a los intereses comerciales de un Norte que sigue explotando sus recursos, instaura y depone gobiernos o potencia las guerras intestinas como forma de perpetuar neocolonialismos. Tres mundos en marcha en una contestación globalizada. Respuesta generacional, es cierto, pero con muchos y diversos compañeros de viaje. Y con pluralidad de expresiones prolongándose por unas manifestaciones artísticas también en pie de guerra, del cine a la música, de la pintura a la escritura, del teatro al graffiti de las paredes… 1968 fue un mayo en París, una primavera en Praga o un agosto de sangre estudiantil en el México preolímpico. Pero, lo hemos dicho, su efecto contestatario prolonga transgresiones y protestas por todos los puntos cardinales: Varsovia, Tokio, Roma, Berlín, Montevideo, Amsterdam, Río, Seúl, Milán, Montreal, Londres, Johannesburgo, Sydney, Bruselas… Doce meses de consignas y rebeldía en los que se ponen en entredicho los modelos educativos, la institucionalización de la política, el imperialismo, la organización mercantilizada del ocio, la falta de libertad sexual, el lenguaje, el medio ambiente, la religión, la masificación urbana… Temas globales que pasan de lo particular a lo universal. Y la imagen. Una transgresión sustentada en iconos, pancartas, figuras símbolo de las distintas tribus y tendencias que llenan las calles de color y multidiversidad desde el calidoscopio de un mundo en movimiento que tiene en la imaginación su talismán para la felicidad permanente… Luego, es así, vendrá la larga resaca de la represión, la crisis económica, la radicalización de la respuesta armada que lleva a miles de jóvenes a las cárceles y los exilios del mundo o el vacío de la posmodernidad…

Ahora, cuarenta años después de esta evocación recurrente en cuadernillos especiales, programas televisivos y publicaciones conmemorativas, la pregunta es evidente: ¿Qué queda del 68? ¿qué fue de aquel deseo colectivo de cambio, de justicia, de libertad, de participación, de imaginar un mundo nuevo a construir aquí y ahora? En mi opinión, cuestión de posicionarse, casi todo. Porque su larga estela está mucho más presente entre nosotros de lo que pudiéramos imaginar o algunos, incluso, desear. Queda, por ejemplo, un análisis sobre el poder establecido, sus esferas de control y sus mecanismos autorreguladores totalmente actual. Queda la incorporación de la vida cotidiana a la esfera de lo político o, también, una larga estela de derechos y libertades públicas, hoy vigentes, que tienen su origen en aquellos acontecimientos. Y, muy especialmente, la consciencia de que existen y son visibles nuevos sujetos de cambio social que con voz propia pueden, en momentos sociales concretos, poner cerco a toda forma de autoritarismo.

Existen, claro está, otras visiones menos condescendientes como podemos observar en estos días. Posiciones que tratan de deslegitimar el espíritu del 68 bajo los postulados del orden, ese mismo orden que fue en su día objeto central de la disidencia. Desde Nicolas Sarkozy que atribuye al Mayo francés todos y cada uno de los males que aquejan a la República que él preside hasta el próximo ministro de economía del gobierno Berlusconi, Giulio Tremonti, que odia compulsivamente una globalización que considera hija directa del 68, las voces de un viejo régimen que, bajo nuevas formas, sigue marcando la política, son unánimes a la hora del rechazo frontal a aquellos hechos. Una sinfonía de críticas formales a la que también se unen, hay que decirlo, un buen número de los protagonistas directos del asalto al cielo devenidos hoy en curiosos personajes mediáticos que, entre cheque y cheque, evocan el tiempo de adoquines y sueños entre el rencor y la mala conciencia…

Hoy incluso los partidos conservadores reclaman en sus programas electorales una mejora de la calidad de vida, consigna que identifican con las reclamaciones de aquel tiempo de efervescencia. Curiosa evocación. Sobre todo cuando observamos que esa mejora de vida propia se escribe sobre la base del rechazo al otro, la potenciación de la seguridad o, incluso, la expulsión masiva del diferente… Contemplando el nuevo mapa político europeo parece que no les va nada mal y que los aires neoconservadores, cuando no neofascistas, cogen fuerza en el continente cuarenta años después de un 68 que expandió el campo de lo posible. Por eso, también por eso entre otras muchas cosas y geografías, hoy como ayer la imaginación tiene mucho que hacer para cambiar la vida y trasformar la sociedad. Una cuestión pendiente por la que sigue siendo absolutamente necesario explorar sistemáticamente el azar.

* Sociólogo y periodista. Profesor de la EHU-UPV
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